No nos haremos eternos corriendo tras la inmortalidad; no seremos

absolutos por haber reflejado en nuestras obras algunos principios

descarnados, lo suficientemente vacíos y nulos para pasar

de un siglo a otro, sino por haber combatido apasionadamente

en nuestra época, por haberla amado con pasión

y haber aceptado morir totalmente con ella.

J. P. Sartre

Capítulo I

Una vez terminado el partido, Sebastián saludó al otro equipo con abrazos mecánicos. De última, no era la primera vez que perdían. A decir verdad, hacía tiempo que no ganaban un partido, ni siquiera un amistoso cuando volvían en el verano a Bolsón, y eso que “los que se quedaban” allá en el sur no estaban en mejor estado  físico que ellos, que pasaban la mayor parte del año estudiando bajo las insalubres luces bajo consumo.

Las jugadas habían sido motivo de discusión todos los fines de semana en los últimos meses, y las conversaciones generalmente tendían a extenderse los domingos al anochecer. El tono sorprendentemente entusiasta con el que esas anchas charlas terminaban, inundadas de nuevos planes y esperanzados diagramas hechos con dibujos de cerveza volcada sobre la mesa, y la expectativa que fomentaban las nuevas cábalas y teorías del fútbol 5, valían la pena.

Sebas sabía que ese había sido su último partido con la banda, hacía mucho que venía planeando este viaje que arrancaba mañana. Había decidido en los últimos meses que no volvería a Buenos Aires, aunque este detalle se lo guardó para él. Prefería que ese domingo se tomaran unas cervezas y se lamentaran del desempeño del equipo, y que lo que para él era algo definitivo fuera en un futuro para sus amigos algo gradual, una prolongación de lo que aparentaban ser unas vacaciones ya largas. Imaginaba las conversaciones del grupo años después de su partida como quien antes de dormirse llorando se regocija imaginando su propio velorio.

Había jugado mal, estuvo distraído todo el primer tiempo y en el segundo remontar el 3-0 que les metieron los de Comodoro se convirtió en un objetivo inaccesible; estaban reventados, habían salido la noche anterior como eslabón de una serie aguda de despedidas, y de alguna manera sentía que intentar jugar más era una comedia que no conseguía interpretar.

Se quedó en calzoncillos un rato mientras buscaba el jean entre la madeja de ropa desplegada en una mesita del bar del club. Sus amigos asombrosamente todavía charlaban con el equipo ganador, mirándolos recto a los ojos para no ver cómo se pasaban de mano en mano el trofeo que se les había escurrido los últimos cinco domingos.

Sebastián vio al Vaca de espaldas en la barra, comprando unas cervezas y prometiendo devolver los envases; él se sentía demasiado mareado para tomar, pero al Vaca nunca se le podía decir que no. Imaginó las comisuras del fracaso en su amigo, rodeando la sonrisa que ponía mientras se acomodaba el pelo largo atrás de las orejas.
Se calzó el pantalón y se miró la panza, mucho más abultada que hacía algunos años, cuando los partidos de domingo eran para él una cuestión seria y no una excusa para pasar tiempo con los pibes. Se dijo que, una vez allá, recuperaría el estado físico.

El Vaca pasó abrazando tres cervezas y se las arregló para manotearle el culo. “Qué partido cabezón eh, pensé que no ibas a tocar una con el cuelgue que traías”. Sebastián puso una cara comodín y lo miró a los ojos un rato antes de ponerlos en blanco y seguir buscando las medias. “Cambiá esa cara, chabón, ¿no te das cuenta que como estábamos nos podrían haber culiado? 3-2 es un final aceptable, que se metan el trofeo en el orto”. Sonrió rápido para que el Vaca siguiera su camino, lo incomodaba mucho que le tocaran el culo y por lo general tardaba unos diez minutos en recuperarse. 

Cuando salió al patio del club y se sentó, los pibes ya se habían bajado dos birras y estaban analizando el baile que les habían pegado:
- Che, Colo, la posta y no te calentés, es que tenés que ponerle un poco más de huevo. No te lo digo por el partido eh, ojo, te lo digo por vos. Si la vas así de flojito un día te van a poner un canillazo y te vas a quebrar. Es fija esa…
- No le rompan las pelotas que dentro de todo jugó mejor que la última vez que… encima mirá al Sebas, todo el puto partido mirando al travesaño, como si la pelota se fuera a meter sola. El Batata otro... pará pasáme la birra boludo me estás salteando… el Batata otro gil, como anoche la puso quería que se la pongan hoy a él… fíjense si no tiene lajas en los botines man.
- Pará, loco, que te metés conmigo? Date cuenta, loco, date cuenta; acá lo que falta es un poco de autocrítica, loco. No puede ser y vos, che, a vos te hablo gorda, con lo gorda que sos el croto ese, flamingo, te metió tres caños, Colo, date cuenta de lo que decís, chabón.
- Si, Batata, si si… ahora me vas a decir que por tres caños perdimos el partido… vos estás caliente porque no te la pasé cuando metí el bombazo del año, mirá que serás comilón eh… y me agrando, sí, pero si no fuera por ese bombazo y el rebote, el Sebas se perdía su golazo de despedida.

Las críticas siempre iban acompañadas de palmazos, carcajadas y codazos, pero esta vez Sebastián no se movió. Pensaba en lo que decían los pibes, pero también en el viaje, en sus viejos, en Laura. Últimamente estaba hecho un pelotudo. Le metió tres tragos a la birra antes de pasarla y enumeró una lista de lo que quería hacer antes de irse. Laura. La verdad es que le pintaba la de dormir en la casa de la mina esa noche, pero no podía colgar a los pibes así. Mientras tanto, la conversación había tomado una curva de seriedad que habitualmente duraba unos veinte minutos.

- Acá lo que falta es que uno tire las jugadas, hay que ponerse serios, man, no puede ser que cada uno haga lo que le pinta. Y también tendríamos que ir pensando en tener uno que otro de suplente, yo pensé en el ex de Romi, ¿se acuerdan? Le hicimos un partido el año pasado, parece que no juegan más, al loco me lo encontré y me dijo que no tiene equipo. A Romi no creo que le joda…

Hacían silencio cuando el Vaca hablaba así, un silencio que generalmente costaba romper. Igualmente, tal vez por la inminente partida de Sebas o por distracción, el Batata aportó.

- Y sí, si queremos ganar alguna va a haber que pensar en eso. Lo que pasa es que nosotros nos conocemos, ya sabemos cómo viene la mano, meter a alguien nuevo a veces es para quilombo. La birra, Sebas, la birra, pasála. ¿Vos qué pensás, Bastián? Ahora que te vas de viaje hacéte cargo y tirános alguna.

- No sé, loco…

Le pegó unos tragos largos antes de pasarla. Lo agarraron desprevenido, pensando en la lista de cosas para hacer. Y en las tetas de Laura. Eran una porción perfecta, como los postres del bar de la esquina; las tetas más suaves que había tocado, y para colmo la mina le caía bastante bien. Una lástima haberla conocido antes de irse, era la primera mina gauchita con la que se había enganchado.
Pensó, tragó un poco más, y habló. Habló como siempre, como si al domingo siguiente se fueran a encontrar otra vez. Más o menos así habló, y los pibes se la dejaron pasar.

- Para mí que hay que ponerse más con las jugadas. Pero darles bola digo, no puede ser que todos los sábados la tenemos re clara y el domingo jugamos otra vez y nos pintan de nuevo porque a las jugadas nos las metemos en el orto. Y no van a decirme que esta movida de salir hasta las cuarenta todos los sábados no hace más bardo.

Laura era más que un par de tetas, mucho más. La flaca la tenía clarísima, cuando le hablaba después de coger, Sebas sentía que lo hacía achicarse como un garbanzo, pero achicarse de una forma rara, como si fuera ella la que se agrandaba en realidad, aunque él la miraba y estaba igual que siempre.

El viejo Cejas había empezado a apagar las luces del bar. Ese viejo le hacía acordar a su tío: la pinta de marinero, la barba medio naranja, la voz de lija. Todos lo vieron, pero nadie se movió. Cejas siempre los dejaba terminar la birra, tal vez porque les había tomado cariño, o porque le daba pena ver cómo no pegaban una en la cancha.

- Uh, loco, miren para afuera, ¡se largó con todo!
- Que garcha, cagamos con la del asadito ¿Cuál hacemos hoy? Es domingo, pero el Sebas se va mañana, tendríamos que hacer alguna. En todo caso rajemos de acá al bar de la esquina, así no lo jodemos al Cejas que debe estar con ganas de llegar a la casa.

Todos asintieron con frentes brillantes de sudor seco, y se miraron sorteando en silencio quién iba a reaccionar y agitar la huida. El Batata fue el primero, metió la tobillera con la que había estado jugando toda la charla en la mochila y palmeó al Cejas que pasaba levantando los cadáveres de las birras.

- Che, Cejas, el domingo que viene te pagamos las cervezas, así tenemos unos mangos para despedir al Sebas, hacénos la gamba, que se nos va el peor delantero al primer mundo.
- ¿Te vas, pibe? Qué cagada, justo cuando iban a empezar a ganar…

Cejas largó una carcajada de tos y moco, le devolvió la palmada al Batata, y le sacudió los rulos al Sebas con la otra mano, dando por terminada la charla.

Sebastián se acomodó el pelo y miró para afuera, de pedo, porque justo entraba Laura. Estaba empapada, y eso que se había largado hacía menos de cinco minutos. Tenía el flequillo pegado a la frente, y el pelo le caía por la piel dorada de los hombros, deslizándose como sanguijuelas. Él sabía que la mina no usaba corpiño, pero ahora se enteraban todos los pibes, porque la remera blanca dejaba ver toda la empiria de que Laura era un caño. Se sintió expuesto y orgulloso a la vez. Y contento. No la esperaba, y al mismo tiempo la esperaba, porque la mina era así, de repente aparecía sin importarle nada.

- Buenas buenas... ¡qué caras largas! ¿Me hacen un hueco? Che, perdieron ¿no?

El Batata se adelantó a los demás y con ademanes gronchezcos le hizo un lugar en la silla de al lado.

- Y sí, loca, si vos nos lo dejás hecho mierda al Sebas, ¿qué querés? Parece recién bajado de la balsa, cagado de hambre.
- Sí, Lala, ponéte las pilas, cada vez que viene a casa el Sebas se come hasta el Dogui de Matón.
- Che, ¿Vive Matón todavía? Pensé que se había muerto. Alto can el Matón eh.

A Laura la conocían hacía tiempo, era compañera de laburo del Batata, que sin éxito se la había tratado de levantar varias veces. El único que no la conocía hasta hacía unos meses era Sebas, y tal vez por eso se la había ganado, “ya a esta edad uno tiene mejor chamuyo” pensó el Batata “y más si estudiás Letras, es la mejor gambeta, el Sebas tiene todos los poemas encima”. Por su parte, el Batata era cosólogo, “hago cosas, de todo, cursitos viste, a mi no me podés meter tantos años en la misma, para eso ya fui a la escuela”. Ahora trabajaba en la Esso, y se había comprado una renoleta verde: él le decía “La nave”, los chicos le decían “El avispón”.

Laura se acercó a Sebas, lo abrazó por atrás y le dejó marcadas las tetas en la remera y en los ratones.

- Che ¿qué vas a hacer, Sebas? ¿Te vas con los chicos?

Hizo un esfuerzo sobrenatural por responder algo que dejara tranquilos a los afectos:

- Y sí, a tomar una birrita más por ahí, pero prendéte si querés… qué se yo.

Relojeó y de alguna manera sintió que los pibes avalaban. Debía ser porque ya se iba o algo así.

- Pero, Sebas… ¿no querés quedarte con los chicos y salir…? Mirá que yo no tengo drama…venía a saludarte nomás, era obvio que iban a perder después del pedo que tenían todos anoche y se me ocurrió que podías andar necesitando un beso.

Y así como de tierna le tiró esa, de gata le agarró la cara y le dio un beso grueso, de esos que ponían envidioso al más mariposón. Encima ella no tenía drama de meter lengua ahí, adelante de los pibes, total, aunque estaban hacía poco tiempo era evidente que, como decía bien el Vaca, “se habían casado”.

- Sebas, fijáte, yo no tengo drama, posta.

Ella insistía en irse, pero lo miraba prometiéndole más de lo que a Sebas le daba la cabeza para imaginar. Mientras tanto, el Batata se había acercado a la barra y secreteaba con el Vaca, que volvía del baño.

- Estas son las minas que se roban a los amigos chabón, te la digo. Lo bueno es que por ella capaz Sebas vuelve pronto, viste cómo está, en putito. Qué sabés, ahí todo cambia. Si se ponen de novios cuando él vuelva no lo ves más al flaco en la noche, una lástima, pero por lo menos, si tiene huevos, los domingos son sagrados, y al no yirar la noche por estar meta garche con la señora, lo tenés al man bien despierto.
- Vos sí que tenés un manejo de la información jodido eh… ¿Y vos, Batata? Hablá de vos ¿Qué onda la minita de la panchería esa que te comías?
- No sé, man, la flaca tiene onda, pero vive en la loma del orto, Castelar. La última vez cayó a casa y nos fuimos a un telo, porque estaba mi hermana en el depto y la panchera da vergüenza. Caímos al telo, y yo que me olvidé la billetera, así que pagó la mina, ni un drama.
- Andá, gil, sos un croto. ¿Qué  onda? ¿Salís seguido ya con la mina?
- Mirá, me cabe, pero me parece que va en serio, y a mi no me va a enganchar para tomar el tren a verla cuatro veces por semana, así estoy bien… mientras me dure.
- Yo no sé… fijáte, Batata. En cualquier momento está por volver Jose, acordáte de cómo andabas con la mina, ahí si vuelve y no estás en alguna aunque sea con esta pancherita, Jose te va a tener agarrado de los pendejos apenas pise Buenos Aires.
- Che cortála, gordo, si Jose ya fue; vámonos que si no agitamos nosotros no agita nadie.

Se acercaron a la mesa, pero no se sentaron. Laura ya estaba arriba de Sebas, se había terminado en cinco la última birra y lo miraba al Mudo con cara de atención.
El Mudo atajaba desde que tenían ocho años, y sólo atajaba. El Vaca siempre le gritaba que se la jugara un poco más, que subiera un poco, pero el Mudo se hacía el sordo. Se había ganado ese apodo en quinto grado, cuando ya era evidente que no iba a cambiar su actitud contemplativa hacia la vida. El Batata siempre se preguntaba cómo hacía el Mudo para ganar minitas, pero a las mujeres no las entendía nadie, y a las pocas que se agarraba el Mudo menos. Encima que se las agarraba era más bien una leyenda urbana.

Sebas no podía prestar atención a nada, entre el viaje y las manos ocupadas estaba volado. Laura estaba hecha una diosa, así rotosa y entregadísima. “Ojalá uno se fuera de viaje mañana todos los días” pensó Sebas. Ella interrumpió su labia mental con una carcajada que contagió a toda la mesa. Sebas se dio cuenta que Laura le gustaba realmente y el Batata se dio cuenta que la había cagado con lo que le había dicho al Vaca, la mina era piola, menos mal que el Sebas andaba con ella porque si el chabón volvía a Argentina, era una flaca soportable. Pero bueno, tampoco era cuestión de flexibilizar la movida, había que mantenerse firme.  

De repente, como si las sillas fueran eléctricas, todos se levantaron. Incluso Sebas, que aprovechó para estrecharse contra Laura y morderle la oreja. Ella largó otra cadena de risas, lo abrazó juntando los codos por atrás de sus rulos: “gusto de vos”.  A Sebas se le vino toda la cerveza para arriba y se le calentó el estómago de ganas.

- Piba, no tenés códigos, voy a estar toda la birra pensando en llegar a casa.
- El tantra del barrio…


Laura lo dijo con tono rapero de monoblock, y esta vez la carcajada fue de Sebas que la abrazó, alzándola, como para romperle las costillas. Iba a estar dura la mano para despedirse. 

Capítulo II

La lluvia había amainado bastante, pero aún así se amontonaron en la puerta del club. El Mudo dijo que se iba a cambiar la pilcha porque después tenía una joda en Balvanera y le daba paja volver al barrio. Lo acompañaron Luis y el Colo, pibes de Ingeniería que estudiaban con el Mudo y que jugaban los domingos hacía poco; Luis lo acompañó porque se cagaba, y para eso prefería casa conocida, y el hermano porque no iba a ningún lado sin Luis.

Mientras pateaban a la esquina, el Batata la abrazó a Laura; Sebas charlaba con el Vaca sobre la posibilidad de cobrar la beca desde allá.

- Che, Laura, y vos ¿qué onda? ¿No pensás en irte para allá con Sebas en algún momento? Digo… más adelante.
- Ya veremos cómo la llevamos, tres meses no son nada, se pasan volando. Además yo tengo que laburar horas extra en el cyber si quiero irme a algún lado en el verano.
- Cuidálo al Sebas, loca, eh, que es un gran chabón.
- Pero yo también soy.
- ¿El qué?
- Nada, es una canción, Batatita. Y soltáme el hombro, que te me apoyás y no puedo caminar.

No sabía o no quería saber bien por qué, pero el Batata se moría de ganas de que Laura la pasara a cagar, que hiciera alguna. Lo que pasaba era que, aunque no le faltaban intenciones y de alguna manera por haberla encarado primero sentía que tenía derecho, no le daba para inventar. Además era tarde, Sebas ya se iba y a Laura poco a poco la vería menos. No había caso, cualquier movida tenía poco sentido, ella era una reina y él un pelotudo. Un pelotudo y un garca, porque al Sebas lo quería de verdad. Se sacudió un poco la cabeza.

- Eh, loco, es acá ¿a dónde van?

Sebas ya había entrado al bar de la esquina, casi vacío como siempre. El lugar estaba fresquito. Juntaron varias mesas y se sentaron. El Vaca fue a mear por cuarta vez desde que había terminado el partido y cuando volvió traía una cara jodida. Se acercó al Batata y le dijo algo al oído; los pibes sólo escucharon la última palabra, pero alcanzó para que empezaran a relojear para todos lados. El Batata se desesperó, para inflar la perspectiva de los espectadores.

- Che, loco, cortenlá, es la de allá, la de violeta. No voy a ir a saludar, así que no me hagan quedar para el culo y hagansé los pelotudos.

Sebas le contó a Laura lo que ella ya sabía del laburo, pero aún así escuchó atenta. La mina era Jose, la ex del Batata; ella la conocía de lejos, la había visto putearlo en el estacionamiento, pero no le dijo nada a Sebas, que seguía concentrado la novela. La flaca le había roto el corazón al pibe y le tuvieron que bancar el melodrama hasta que ella se fue de viaje y la cosa se enfrió. Ahora Jose había vuelto, y probablemente el Batata empezaría a lloriquear de nuevo, a querer cogérsela un sábado y tener que aguantar hasta el martes, a decirle que no la quería ver más para ir al rato a tocarle la puerta de la casa y pedirle que vuelva, al menos sin ser novios, al menos sin verse seguido, al menos sin coger. Pero después se la iba a querer coger lo mismo y un día terminaría por hacerse pisar por un auto.

A Laura le pareció un poco exagerado, aunque también sabía que el Batata a veces verseaba, por inseguro y por boludo. Apuró la birra y a través del vaso miró a la minita de violeta. “Jose”, pensó, “está fuerte Jose eh, mirá al Batata…” pero eso fue todo, porque Sebas ya estaba otra vez hablando de cobrar la beca allá. El Vaca lo miraba atento, porque con suerte le tocaría a él ese tramiterío y mejor no perderse una; nunca se sabía si el chabón volvería a estar tan dispuesto a charlar del tema. Laura imitó la cara de atención del Vaca, y le pasó las piernas por encima a Sebas, para recibir unos mimos, de esos medio distraídos y rítmicos, en las rodillas. Ya estaba medio en pedo, los ojos vidriosos y algunas consonantes ausentes la delataban.

-Eh… Vaca… Sebas y yo nos vamos a casar cuando vuelva de allá.

A Sebas le dieron ganas de llevársela con él, o de moquear, o de pegarse un tiro. Planeaba el viaje hacía mucho tiempo, planeaba quedarse allá hacía menos, pero igualmente era inamovible. Ya no podía cambiar de opinión. Estaba todo hecho, y todo no incluía las tetas de Laura, y todo lo otro que Laura tenía para él pero que era jodido de explicar.
Se dijo que mejor disfrutar ahora que la tenía; la agarró de la cintura y la sentó arriba suyo, le pasó una mano por debajo de las rodillas y la hizo caracol, hamacándola como a un gatito.

- Ustedes casensé, pero si para esa época no pegué novia me ponen de padrino, eso aumenta las chances y no lleva el tiempo que tarda uno en aprender a tocar un instrumento. En un casorio todas tienen ganas de…
- Eh, Vaca, ¿con quién viste el partido ayer?

Sebas no aguantaba un comentario más sobre casamientos, pensaba en el Vaca y Laura, encontrándose de ahí a un año, acordándose de las pelotudeces que habían charlado esa noche, mientras el nuevo novio de Laura meaba en el baño del club. La idea de esa Laura imaginaria, o imaginada, con otro le hizo apretarla más, a lo que ella respondió con un ataque de hipo.

- Con el Mudo, una vergüenza Racing, che, vuelven al ataúd en cualquier momento. El Globo se va para arriba, por fin.

- El Cuervo salió bien, ¿no? una para Luisito, que la vuelta del Bajo Flores últimamente la hacen llorando, manga de muertos.

Todavía riéndose miraron la puerta, porque a los gritos Luis atravesó la entrada del bar; era evidente que estaba otra vez discutiendo con el Mudo, taladrándole la cabeza y palmeándolo de vez en cuando.

- Ni da Mudo que te pongas así, uno la toca lo que puede, ¿o te pensás que a mi me cabe que nos bailen? Además ni que vos hicieras mucho, estás clavado al arco, salís menos que Chabán, dejáte de joder, estuviste pintado toda la tarde.

El Mudo hacía silencio, si había algo que se manifestaba en él como un torrente era la vergüenza ajena y los gritos de Luis lo estaban matando. Además, la había ubicado con la mirada a Jose en una mesa y se había distraído, porque a la mina no la veía desde que lo dejó roto al Batata. Le importaba muy poco la historieta, nada más se lamentaba no haber estado ahí para ver la secuencia. Trató de ubicar al pibe a ver qué cara tenía. El Batata se dio cuenta, aprovechó y puso gesto de compungido; rápidamente, cada uno cumplió con su deber y le tiró una frase de aliento.
Iba a estar jodido, probablemente el Batata lloraría la mitad de la noche y la otra la pasaría en el puticlub de Gavilán. El Mudo tuvo que reprimir la risa, mientras se acordaba de esa noche en que el Batata arrancó con el teatro: Se había chupado la vida y se sentó en la punta de la cornisa de la terraza de Sebas, mirando al vacío, pero relojeando de vez en cuando a ver si alguien le prestaba atención. A propósito y de calientes nadie le dio pelota, y así pasó la noche el Batata, como una gárgola borracha de piedra, intentando en vano llorar un poco.

- Che, qué piensan, pagamos éstas y vamos a morfar unas pizzas. Si no Laura va a quedar palmada acá, capaz si come algo levanta un poco el ánimo y no te lleva a Villa Cariño tan pronto, pibe.

Sebas le sonrió al Vaca y la miró. Cuando dormía así le daban ganas de morderle las mejillas. La besó apasionadamente como un galán, a lo que los chicos respondieron con una risa general y ella con un movimiento de piernas que le aplastó un huevo y lo hizo arrepentirse de la boludéz que había hecho.

- Dale, hermosa, abrí los ojos que nos vamos a la pizze de acá a la vuelta
- Lleváme así
- No, dale, me duele todo, hoy me cagaron a patadas, y en parte culpa tuya que anoche me hiciste escabiar de más.
- Lleváme así. Porfa porfis porfi.
- Sos una rompehuevos.


A los setenta metros se hizo el boludo y la bajó; ella ya charlaba con el Vaca y le contaba los planes para el año siguiente: Si llegaba a recibirse en julio de asistente dental se tomaba el palo, de la Esso y del cyber, y si no, arrancaba con la empresa de accesorios que venía planeando hacía tiempo. 

Capítulo III

Entraron a la pizze justo cuando se desocupaba una mesa larga.

- ¿Qué pedimos? Hagamos vaquita.

Se discutió un rato, y Laura los convenció a todos de que pedir las más caras salía más barato, porque venían “re cargadas”.  Se le había secado la remera, pero igual se podía seguir perfectamente la línea de los pezones, que todavía luchaban por recuperar sus 36º de temperatura mínima. El pelo había vuelto a los rulos de siempre y le caía sobre la frente mientras contaba la plata que tenían. Lo miró a Sebas con toda su borrachera, y su cara que pretendía ser inquisidora se convirtió en una mueca complicada:

- ¿Y este tema? ¿Quién toca?

El Batata no lo dejó responder.

- The Cure, piba, The Cure.

Luis saltó también, desde la otra punta.

- Ese que parece “El jóven manos de tijera” después de mil panchos, Rober Esmith se llama.

Luis aportaba poco, y cuando lo hacía era con boludeces como esa, “de películas que nadie vio jamás” pensaba el Batata. Encima era un flaco bastante ridículo. Por ejemplo, cuando salían de joda todos juntos, los patovas lo miraban raro, como si quisieran ya estar cagándolo a patadas. O cogiéndoselo. Una de las dos. Pero que lo miraban, lo miraban, y eso al Batata le daba desconfianza. 


El hermano de Luis era tímido como el Mudo, pero menos fachero. Esto complicaba el éxito del pibe con las minitas. Ahora Luis le explicaba la movida de Jose, “la  golfa que lo tuvo loco al Batata”. Al Colo no le interesaba mucho o no entendía bien de qué iba el cuento, pero le convenía ir enterándose todo lo que pudiera sobre el grupo si alguna vez quería no sentirse tan afuera como ahora. Luis le contó que los pibes iban juntos al colegio desde primer grado: El Vaca, el Batata, Sebas, el Mudo y Romi, que estaría por llegar en cualquier momento. Eso al Colo le rompía un poco las bolas, él se había cambiado de colegio demasiadas veces. 

Capítulo IV

Ya estaban todos en pedo cuando una remera violeta se interpuso entre el Vaca y la silla que ocupaban Sebas y Laura frente al Batata que jugaba con la espuma de un fernet. La mirada de Jose no vaciló un momento, y lo abatató al pibe con destreza de esgrimista. Apoyó las manos sobre la mesa arruinando los diagramas de jugadas que ya habían escrito con birra en la madera, y habló con una voz ronca como si con toda su femineidad estuviera imitando al Coco Basile.

- ¿No me vas a saludar, Batata?

La mina apretó las tetas entre los brazos y apoyó los codos en la mesa, apuntando con el culo a la barra, dejándolo ahí, vulnerable al arrebato de cualquier torero que se le animara a semejante animal. La boca seca del Batata se les contagió a todos, que saludaron entrecortadamente a Jose. Con miedo. Sí, esa mina metía miedo. Si quería, podía hacer que el Batatita se hiciera un enema de polenta. El Vaca la miraba serio, el Mudo no hablaba, ni siquiera la saludó. Fue el Colo el que cortó el aire haciéndose el pija:

- Nena, si tenés que hablar con el Batata te lo llevás para algún lado, ¿no ves que nos fuimos del bar para que no haya bardo? Y vos lo seguís… para loquitas ya tenemos suficiente con el Mudo.

Se rió estrepitoso, y los pibes lo siguieron de onda. “Cómo la cagaste” pensó el Vaca. La mina lo miró al Colo como a una papa frita hinchada en el fondo de un vaso de cerveza y se volvió, sin responder, otra vez al Batata.

- Vos me llamás mañana ¿dale? , yo me fijo si puedo hacer alguna.

El Batata tragó y juntó la poca dignidad que tenía desparramada por ahí.

- Mirá, Jose, todo bien, pero yo no sé mañana si puedo…

Pero todos sabían que era inútil, el pelotudo iba a llamar tan temprano que la mina ni siquiera iba a estar despierta. A lo sumo para no hacerla calentar iba a ir hasta su casa y esperar en la vereda a que sea la hora indicada para tocarle la puerta. El Batata no tenía salida, ya estaba de polenta y de mierda hasta el cuello con Jose sólo de verla.
Se había largado a llover otra vez y, ahora sí, con todo. La mina pegó media vuelta y salió de la pizzería llevándose los ojos del Batata pegados en el culo.

Laura aprovechó el silencio y le pidió a Sebas que la acompañe a comprar cigarrillos. El quiosco estaba a tres cuadras, así que se sacaron todo de los bolsillos para mojarse tranquilos. Corrieron un poco, pero ella llegó al umbral de un edificio que parecía abandonado y se sentó sin avisar, buscando algo en un compartimento secreto del jean.

- Boluda, no sabés, se te corrió la pintura y parecés Ozzy Osbourne.
- Y vos parecés Bilardo, tarado.

Se cagaron de risa un rato de su nariz, y Sebas se preguntó si alguna vez la volvería a tener así de linda y de cerca. Empezaba a entender lo que era no andar con ganas de cogerse a otra, y no porque coger con Laura estuviera tan bueno. La cosa estaba en la promesa: había algo que le decía que había que ponerle fichas a la piba. Una lástima que tuviera que irse.

- ¿Te lo prendés vos? Es tu despedida, Carrizo.

 Ella tenía la costumbre de llamarlo por el apellido desde que se conocieron, cuando terminaron también en el umbral de una casa abandonada, pero de Congreso. Esa noche habían fumado un porro mirando a la nada de Rincón al 100. Ahí ella le había contado todo, todo eso que era Laura y que no eran las tetas, o todo eso que las tetas no dejaban ver bien. Él sabía que ella le contaba todo porque quería convencerlo de algo, pero él le seguía el juego. Total, no sabía qué era ese algo, y tampoco sabría nunca más que ese todo que ella contaba. Ciertamente esa no era la noche para traer el algo a la charla, y para cortar el paralelismo lo que Laura le alcanzó era más tuca que porro. 

- Mirá, ahí sale el Batata, ¿lo ves? Está hablando por teléfono
- Sí, seguro la está llamando, si es un gil de goma.
- Escondéte tarado, que va a venir para acá.
- Che, Lau, a vos el Batata te tiene ganas, ¿viste?
- A vos también te tiene ganas… y encima te dejás, boludo.

Se rieron. A Laura le importaban un huevo esa charla y el Batata, y se lo dejó bien claro a Sebas, que se había relajado y abrazándola le había metido una mano por abajo de la remera otra vez mojada. Los autos pasaban rápido y los colectivos tiraban pasajeros a la vereda casi sin frenar. Ella tenía la mirada medio perdida, y él no sabía si se trataba de la inminente despedida, de las birras, o de la letra de alguna canción que se le había pasado por la cabeza, porque empezó a tararear…

- Ain lovin iu nau lararara… ¿me vas a extrañar, se-se-bastián?
- Y qué se yo, me comentaron que las tanas son medio fogosas.

Sebas le envolvió la cara con las manos tapándole hasta los ojos, y por el espacio que dejaba ver los labios rosados de Laura, le dio un beso apurado medio sintiendo que las lágrimas le subían por la nariz de Bilardo. Estaba hecho un maricón.

- ¿Volvemos?
- Dale, que el Batata ya se debe haber pegado un tiro, lo vi entrar recaliente.

No entraron nada, costaba agitar aunque la lluvia y por los besos. El Batata por su parte no se había pegado un tiro, pero se había ahogado en birra como un pato a punto de ser cocinado entre las tetas de la golfa. Ahora había que arrastrarlo hasta el auto y llevarlo a la cama, mañana encima tenía que ir a laburar.

Los pibes lo tiraron en el asiento de atrás del avispón verde y le pusieron diarios de almohada, el Batata era conocido por sus vómitos multicolores. El Vaca cerró la puerta del avispón, se prendió un pucho, miró para arriba y se ató los cordones. Pensó en el patio de su casa allá en Bolsón, y en las estrellas fugaces que buscaban cuando eran pibes, borrachos de fútbol nocturno. En Buenos Aires la noche era diferente, estaba naranja y cerca.

Capítulo V

Romi había llegado tarde como siempre, y aún viendo cómo venía la mano se había pedido una birra y charlaba con el Mudo en la punta de la mesa. “Romi es del palo” tiraba siempre el Vaca, intentando explicar esas noches largas en el bar llorándole algún bardo, como si le estuviera rezando a la Virgen Desatanudos.

Si tenían algún mambo, lo hablaban con Romi. Si Romi tenía algún mambo lo consultaba con la almohada y después les contaba cómo lo había solucionado. Pero si el bardo era de boliche, ahí se plantaban todos, porque era la Corleone de la barra. Ella sabía toda la lista de minas con las que habían cogido –en orden cronológico-, la medida exacta de birra que tomaban para quedar fisura. Sabía también cómo habían jugado ese domingo por las caras, quién andaba mal de guita, quién disimulaba la calentura y el puchero. Y ellos sabían otro tanto sobre ella.

- Mirá, Mudo, vos tranca. Esto pasa, te digo, a todos les pasa ésta alguna vez, nada más que vos sos tan croto que me lo contás.
- Es que había salido todo bien, la mina la pasó bien, me lo dijo… y también me di cuenta.
- ¿De qué te diste cuenta, Mudo?  Son implícitos que tenés que archivar. Aunque la pase del orto la mina si es pendeja siempre te va a mentir. Vos te vas a dar cuenta cuando no llame más, o cuando te canses de buitrearla sin triunfar. Perdonáme pero es así, dejáme pagar esta birra a mí.
- Pará pará ¿Vos estás diciendo que me metió un buzón?
- Y sí, Mudito, sí… pero está bien, está bueno que lo sepas, tenés que abrir los ojos, para tratar bien a las chicas, para descubrir qué quieren. No es fácil, ustedes son como la lámpara del genio, los frotás y listo. Las minas no, nosotras somos como un motor, hay que escuchar cada ruidito, verificar agua, aceite, prestar atención a las agujas, Mudo. Atención especial a la temperatura… poner el cambio a tiempo, aprender a hacer bien los rebajes… hey hey… ¿me seguís?

Pero el Mudo ya se había perdido en Romi otra vez: Ella era la misionera de las minas, quería hacer experimentos con los pibes, convertirlos en pibes ideales, machos sensibles, titanes perceptivos. “Un bien para la humanidad…” decía “…o bueno, un bien para las chicas”. La mina les tiraba data, les cocinaba a veces, y jamás cometía la brutalidad de andar en pelotas delante de ellos alegando confianza. La cagada es que al Mudo lo volvía loco igual, así vestida y transpirada, y él nunca sabía cómo encarar la cosa.

- Mudito, quedáte tranquilo, hoy nos ponemos un buen pedo y te invito una burguer acá a la vuelta, ¿querés? ¿O te vas a ir de levante con estos giles? Mirá, mirálo al Vaca, está hecho un pocho… me dijo Laura que no terminó de pagar la campera esa que se había comprado que se la chorearon, ¿viste?

 Pero el Mudo no respondió porque el Colo se mandó en la conversación después de dos amagues que nadie vio.

- ¿Un “pocho”? ¿Qué es eso loco?
- Un pocho es un porteño choto, Colo, como vos…

Romi no se lo bancaba ni un poco al Colo, pero igual se dio cuenta que se había ido de mambo, la piloteó y lo palmeó. Él aceptó la disculpa silenciosa y poco sentida. Es que Romi cuando tomaba se ponía medio bardera, y hasta a veces se volvía mandarina y te tiraba órdenes incumplibles. El Colo ya estaba avisado de antes, así que no se lo tomaba personal, cosa que era peor porque en alguna medida lo era.

- ¿Y? ¿Qué me decís, Mudito? ¿Dejás de lado la joda por mí hoy y nos vamos a patear por ahí?

El Mudo hacía tiempo que no pensaba en Romi, pero la chabona tenía esa manera de volver a aparecerse que era desesperante. Decirle que no te rompía el corazón más que no poder cogértela.

- Voy a tomar tu silencio como un sí, Mudito. Si estás hecho mierda del partido avisáme, aunque me parece que por las caras que te pone el Vaca hoy tampoco saliste mucho del arco, ¿no? …de una que podemos ver una peli si no querés patear eh...



1997. (00:10 PT).

Las pizzas estaban gomosas, pero daba igual, a los 14 años cualquier cosa orgánica vale. Los viejos del Sebas se habían ido a Punta Cana, y el volumen del Sega se podía escuchar desde el piso de arriba. Romi y el Mudo jugaban un truco, esperando el turno para hacerle un partido al Batata, que la tenía clarísima. “Cosa rara” pensaba Romi, porque el Batata no tenía Sega en la casa. No tenía tele siquiera.
Se escuchó la reja y al rato entró temblando el Vaca, con un poco de nieve en la cabeza todavía. Tenía puesto un gorro de lana que decía Bosch en letras rojas, y una bufanda de Huracán que le había robado al primo de Bariloche.

- No está para bici, loco.

Sebas lo miró de reojo y volvió la cabeza a la pantalla del televisor. El Vaca gritaba sobre las ovaciones de las hinchadas pixeladas del FIFA.

- Traje la de Freddy Krugger, esa que les dije, me la compró mi vieja en el club del trueque. Creo que se la compró al gordo Vilar, el de la ferretería. Le falta la tapita de la cinta, pero me dijo que anda igual sin tapa. 

No le dieron mucha bola, así que se sirvió un pedazo de pizza fría en un cartón de Pronto Pizza y se sentó a ver el partido de los chicos. Al pedo, porque de toque el Sebas se calentó y revoleó el joystick, levantándose.

- ¡La puta que te parió, Batata! ¿Vos venís a jugar con mi vieja cuando te rateás?

- Podrían ponerle unas aceitunas eh, qué pizza de mierda. Menos mal que comí en casa.

El Vaca hablaba solo. Era un pibe tranquilo, desde el jardín. Lo habían conocido en salita de tres, pero como no se aguantó la madre lo retiró y recién volvió a anotarlo en salita de cinco. Pasada esa etapa nunca más tuvo mambo. No era brillante como el Mudo o Sebas, pero chamuyaba y nunca se llevaba materias. Bueno, a marzo, porque a diciembre no contaba.
Se prendió a las cartas y se armó un truco gallo. El Batata, que sonreía triunfal con orégano entre los dientes, se tomó lo que quedaba de la Crush del pico y se tiró en el sillón con las zapatillas puestas.  

Sebas trajo la video al living y la conectó.





Capítulo VI

Cuando volvieron de dejar roto al Batata en el auto, el Vaca se fue directo a la caja. Ahora que el lugar estaba aún más tranqui que antes, tenía tiempo de charlar con el encargado, un viejo del Globo conocido por haber sido de la barra hacía más de veinte años.

El Vaca pensaba que Sebas era el que más pensaba del grupo. Ellos eran distintos: el Mudo era un enigma, Romi pensaba a pura entraña y el Batata… el Batata pensaba con la chota. Ése sí que estaba jugado, un día de estos perdía la cabeza. Pero Sebas era distinto, la tenía clara, se iba de viaje ahora y cuando volviera ya iba a estar a punto. A punto para hacer grandes cosas. Y del pedo que tenía, el Vaca se lo dijo, gritando desde la barra.

- ¡Sebas, loco! Vos estás para grandes cosas, sabés.
- Sí loco, mirá.

Y Sebas le metió otro beso de galán a Laura que les sacó una ovación más a los pibes. Después, se hizo el que se peinaba frente al espejo imaginario y se acomodó la corbata invisible, pero ya todos habían vuelto a la suya.

- Veamos una peli, Romi, dale.
- Bueno, pero la pagás Mudo vos eh, mirá Mudín que yo… yo estoy sin un mango.

El Mudo ya lo sabía, como sabía también que era mentira que Romi pagaría la birra que estaban tomando y como sabía de memoria los engranajes que ella ponía en funcionamiento para hacerle creer que él había propuesto ver la película. Pero la dejaba, la mina era la consentida y no planeaba moverse de ese lugar al que los años bancándolos a ellos le habían dado derecho.
Cómo la había extrañado todo ese tiempo que estuvo de novia, la hija de puta había desaparecido años enteros, figurando en uno que otro cumpleaños, en algún partido importante en el club o en los bosques en algún picadito de primavera. Ahora hacía año y pico que había vuelto. De vez en cuando, cuando se enfrascaba con algún chabón, los abandonaba unas semanas; de alguna manera la última vez había prometido no irse nunca más por tanto tiempo, y eso al Mudo lo tranquilizaba. Pero cómo sufría el pibe esas noches que la veía rajar con alguno con cara de pelotudo, sabiendo que Romi se lo iba a comer vivo, que caería al viernes siguiente enojada y 0km, como si no le hubieran tocado jamás el motor que tanto creía comprender.

Laura de repente golpeó la mesa con las dos manos y se empezó a reír y –llorar de la risa- de una manera que daba miedo. Después de unos segundos logró señalar hacia afuera: el efecto dominó de la carcajada alcanzó al encargado del bar y al Vaca, que canchereaba con un vino en la barra.

Por la ventana lo vieron al Batata, que se había despertado y estaba con cara de sopapa pegado a la ventanilla del auto, mirando hacia adentro del bar, y mirándose a sí mismo en el reflejo. Cuando los vio a los pibes empezó a saludar como un pendejito y a hacer señas para escapar, porque el Vaca lo había encerrado. No le dieron mucha bola, total, le habían dejado diarios en el asiento.

ENTRETIEMPO

“Y taconeando en la nuca de la vida”.
Romi.

I.

Cuando salió de la clase, le pegó el frío en la cara. No escarchaba como en Bolsón, pero el frío en la capital era húmedo, se metía entre las piernas, en la panza, mojaba los dedos de los pies. Se puso la capucha del buzo y metió las manos en los bolsillos, sostuvo una M mientras entonaba “While my guitar gently weeps”; la clase de canto siempre la dejaba enganchada.
Sin pensarlo pasó de largo la parada del 92 y encaró para lo de Hernán, un amigo, compañero de la facultad, buena onda. Había onda. “Buena. Buenísima” pensaba sonriendo mientras cruzaba sin mirar.
El bocinazo la hizo reaccionar, no era martes, era domingo. Había tenido una clase extra de canto para recuperar. Los pibes entonces debían estar jugando el último partidito con el Sebas, que se iba al día siguiente. Mientras se subía al bondi le mandó un mensaje al Mudo para avisarle que iba para la cancha y otro a Hernán, diciéndole que mejor se veían en la semana. Avisó porque le gustaba el chabón, era piola, tranqui y entretenido al mismo tiempo, cosa que había comprobado por lo rápido que se pasaba el rato cuando estaban juntos. No era pegajoso, pero tampoco piedra laja, y  encima cocinaba rico y coger con él era un caño. “Golazo de media cancha” pensó ya prendiendo la música y sacando un libro de la mochila: César Aira. Cómo me hice monja. La paradoja le hizo gracia. Se arrepintió, volvió a guardar el libro y le subió el volumen a Piano Bar. Cerró los ojos para escuchar mejor esa cosita que hacía Charly con la garganta que tanto le gustaba.

II.

Cuando lo saludó a Sebas afuera del bar le dio dolor de panza, se le vinieron a la cabeza todos los años juntos y como corolario la sensación de no verlo nunca más. Él no había dicho nada sobre esto último, pero cuando lo acompañó meses atrás a Iberia a sacar el pasaje de avión, Romi se avivó. Había algo distinto en Sebas, una tristeza gorda escondida y una resignación que confundía. En otra situación ella le habría dicho algo, pero la cosa era diferente ahora.

Años atrás y mate de por medio, Romi le había sacado la ficha de que había dejado embarazada a una minita de La Pampa que andaba de viaje por el sur. Le había dado una mano, habían repetido la misma conversación durante dos meses seguidos, pero cuando la mina abortó y se piró, el tema se había atascado, y de alguna manera Romi y Sebas se habían apartado de a poco. Se veían los viernes, con los pibes, o los domingos cuando Romi los iba a ver jugar. Charlaban del partido, de la noche anterior, de Houellebecq, Juarroz, las clases de canto y de rock. Principalmente de rock.

Ahora Laura lo abrazaba al Sebas en ese umbral como todos los umbrales mientras se terminaban la tuca. Romi los miró con una ternura poco común en ella y le tocó la cabeza al Sebas. Antes de entrar al bar le tiró una data.

- Che ¿viste? Iggy Pop hizo un disco pensando en La posibilidad de una isla, se llama Preliminaires. Está bárbaro. Si te veo un toque mañana antes que te vayas te lo grabo en el pen. Si no bajálo, está en Taringa. Me voy para adentro que mi cuerpo pide birra.

Se chocaron las manos y Romi le guiñó el ojo.

III.

Qué linda boca que tenía el Mudo. Romi ya estaba medio entonada, y eso que sólo había tomado un par de birras. El Mudo le hablaba de una minita. Le daba pena que el Mudo fuera tan inocentón, siempre había tenido ganas de darle, pero esa inocencia la hacía dudar. Padecía de esa visión fatalista por la cual, si cogían mal, se iba a ir todo al carajo.
Había leído: “El placer sexual no sólo era superior, en refinamiento y en violencia, a todos los demás placeres que la vida podía deparar; no sólo era el único placer que no va acompañado de ningún daño para el organismo, sino que, por el contrario, contribuye a mantener su máximo nivel de fuerza y de vitalidad; en realidad era el único placer, el único objetivo de la existencia humana, y todos los demás placeres –ya estuvieran asociados a la buena comida, al tabaco, al alcohol o a las drogas- no eran sino compensaciones irrisorias y desesperadas, minisuicidios que no tenían el valor de presentarse con su nombre, intentos de destruir más deprisa un cuerpo que ya no tenía a su alcance el placer único”.
Sí, por todo esto, el sexo era placer… pero no era joda.

En el bar la conversación se había tapado: El Mudo la había pasado bien, la mina la había pasado mal, y Romi después de recalcarlo se había copado mirándole las pupilas al Mudito, dilatadas por el faso. Era evidente, pero sólo ahora había tomado plena conciencia de lo que pasaba: Le daba miedo. Terror. Estaba loca por el Mudo, y de alguna manera lo había invitado a pasar la noche con ella, y el sexo no era joda.
Él también la había invitado al Hoyo. Romi sonrió una vez más.












Capítulo VII

- Che, loco, ¿agitamos para Paternal? Hay una fiesta copada, y ustedes dos, Lau, quedan cerca de Flores.

 Sebas se dio cuenta que ya era la una de la madrugada y que el efecto que Laura tenía sobre él era más zarpado de lo que creía. Ella lo miró como diciendo sí. Un sí confuso, porque era un sí a todo.

- Y dale, vamos… total, de ahí cada uno a su casa está más o menos al tiro.
- Miren al Batata loco, se está desesperando, en cualquier momento empieza a ladrar. Andá, Vaca, que el intelectual va a tocar todo el cablerío del auto, después no lo arregla más hasta que le prestes guita.
- Sí, manejo yo, que vamos a terminar como el Buonanotte ¿Quién viene conmigo en el avispón?

El Mudo la miró largo a Romi y le preguntó si no quería irse en el bondi con él, así charlaban, que hacía tiempo no se veían y de paso alquilaban peli para más tarde. Le tiraron al Vaca que se vaya tranquilo y se apuraron, así no llegaban tanto tiempo después que los pibes a la fiesta.

Los demás se amucharon en el auto. Sebas aprovechó y se apretujó contra las tetas de Laura, que iba arriba de él, enroscada con una oreja pegada al techo y la otra a sus rulos,  tarareando todavía “… y rasco la alfombra, por su amor…”. Se le había pegado del bar del club y estaba como disco rayado.
El Vaca se pasó un par de semáforos en rojo ya llegando a Paternal y se bajó en Plaza Irlanda a mear porque decía que no aguantaba diez cuadras más. No lo jodían con lo del meo desde quinto año, cuando lo operaron de los riñones. 









Capítulo VIII

De la operación del Vaca hablaban Romi y el Mudo entrando al videoclub, acordándose de cuando lo habían ido a visitar al hospital y vieron La Naranja Mecánica en la video que el Mudo había comprado en Ciudad del Este en el verano. Ese día habían juntado las dos camas del hospital y mientras en una escena se violaban a una, Romi le había agarrado la mano al Mudo y se la había metido en la panza. El Vaca ni se había dado cuenta, porque todavía estaba medio dormido de la anestesia y no entendía de qué iba la peli. Con la mano debajo de la remera de Romi el Mudo casi se infarta, pero ella ni mú; él sabía que no lo hacía de gata, algo en Romi a veces le hacía creer al Mudo que tenía alguna chance, como si ella dudara por momentos también, y después otro algo aparecía y todo se convertía en un delirio del faso.

Caminando hablaron de la peli, del Vaca, pero no de la mano en el hospital. Salieron del video con Lolita: Romi no la había visto y al Mudo le daba lo mismo Terminator que Trainspotting. Empezó a sentir pánico, a desear que en el depto de Romi estuvieran los hermanos, pero se alivió cuando pensó que todavía le quedaba la fiesta de Paternal por delante, así que se abrió el piloto y la metió a Romi abajo, que lo abrazó comprobando una vez más que le llegaba a las axilas; el Mudo no era alto, pero Romi era medio enana, se había ganado el apodo de Demetrio (y medio) en el secundario, cuando se vieron venir que iba a quedar así, hobbit, como le decía el Vaca.

El colectivo tardó como un mes en llegar.  Para cuando subieron, las monedas estaban tan mojadas por la lluvia que no funcionaron. El chofer los dejó pasar gratarola y se sentaron en los últimos dos asientos; el Mudo aprovechó que ya venían agarrados por la tormenta, y le pasó el brazo por los hombros a Romi.
- Mudito, Mudito… ¿qué es de tu vida?
- Nada, qué se yo, terminando la cursada... falta poco ya para irnos a ver a la flia ¿viste? Yo estaba pensando, ¿tenés ganas de que nos vayamos un par de días al Hoyo? Llevamos las cartas, los dados, un par de libros, música y nos tiramos a comer frambuesas en el río. Es más, podemos ir para la fiesta de la fruta fina y nos llenamos de birra a reventar.
- Estaría bueno, Mudito, tengo ganas de rajar un poco, ¿quiénes vienen?

Romi tenía esa capacidad de provocarle indigestión sin haber probado bocado, le hacía sentir que remaba con espumaderas. Esta vez, sin saber bien por qué, se dijo que no la iba a dejar pasar.

- Yo… no sé… y vos… qué se yo, nosotros dos. Los pibes están a full en el verano, más ahora que Bolsón se llena de porteñas calentonas, no salen de la casa de los viejos si no es para escabiar o mirar culos. A mí ya no me está dando el cuero, si no me voy unos días tranca después termino descansando de las vacaciones.
- Dale, che, me copo al Hoyo. Es más, tenés razón, nosotros dos vamos a estar tranca solos, leyendo y morfando; si va alguno de los pibes ya los veo poniéndose en pelotudos levantando minas, o rompiéndome las bolas, o dejándome sola.

La felicidad del Mudo era más grande que el Globo, se cagaba de ganas de decirle a Romi que no, que se equivocaba, que si estaba ella ahí, hasta Paso de Indios era un lugar re groso, que jamás la dejaría sola para irse de levante. Igual, Romi lo sabía.

El colectivo iba a los rebotes por Ángel Gallardo, y el silencio se prolongó unos diez minutos. Ella cerraba los ojos cada vez más seguido, sus pestañas parecían las patas de una araña encerrada bajo los párpados pintados de negro. Al Mudo le daban ganas de seguir en el colectivo hasta Ezeiza, total, después volvían. Pero pensó en Sebas, que se iba de viaje, y se dijo que mejor ir a la fiesta un rato, si igual después iba a quedarse en lo de Romi. Sintió su beso en la sien y la miró, mientras tocaba el timbre para bajar. Sonrió una vez más.















Capítulo IX

- Romi, largá el celular, es acá.
- ¿Estás seguro? ¿y el avispón?
- Lo debe haber estacionado más lejos, está medio chota la zona. Che, si los pibes no llegaron todavía no me dejes solo, no seas turra.

Romi se le cagó de risa. Lo agarró de la mano y lo metió por la puerta del lugar que justo se abría. Salieron unas chicas que no estaban nada mal. “La onda estón no me va” pensó el Mudo mientras se olía los sobacos a ver si zafaba.

Ya adentro lo vieron a Luis cerca de la barra, tratando de hablar con una chica de vestido amarillo que parecía tener como mucho 16 años. La fiesta la organizaban unos pibes de Trelew, para juntar guita para un club de allá.
Se empezó a escuchar Mariposa Pontiac y Romi lo sacó a bailar al Mudo al grito de “¡mi canción!”: Desde chicos la rompían en el “Rock around the clock”. Él se colgó mientras bailaba, pensando en cuánto se habían distanciado en los últimos años, y por primera vez le dio miedo de perderla, pero de perderla posta. Romi se había dejado de mover y lo miraba cagándose de risa, porque él se seguía zarandeando solo, como si nada. Se acordaron al mismo tiempo sin hablar de cuando Romi los obligaba a aprender a bailar en el patio del Vaca:

- ¡Paso profesional!

Romi le gritó ya corriendo, y el Mudo que estaba preparado, aguantó el peso y la alzó de la cintura. Pero ella al bajar lo cagó con el paso tantas veces repetido, y se le quedó prendida como un mono.

- Che, Mudito, no nos separemos nunca más ¿dale? Nada más miráme así como ahora un rato de vez en cuando… y te dije que te cortés el pelo, te lo vengo pidiendo hace cuatro años.

Al Mudo se le dio vuelta el estómago, miró para todos lados, y entró en pánico. La posibilidad de concretar, y así anular, su deseo se le hizo aterradora; se midió una y otra vez a sí mismo. Se mareó. ¿Estaría a la altura de todo esto? Romi se impacientó, le dijo que los primeros besos siempre eran una mierda, y le partió la boca.











1998. (00:25 ST)

Salían del colegio cuando los alcanzó el grupo de cinco pibes del Belgrano. Los chicos habían estado jugando en el eterno rival, el Roca, intermitentemente desde que terminaron el primario.

- Eh, loco, ¿me das un cigarro?

Lo encararon al Mudo. Era evidente que era al que más vena le tenían, el chabón era hijo de comerciantes de guita del pueblo y, para peor, tenía su facha.

- ¿Y monedas? ¿Tenés monedas?

Los del Belgrano eran más grandes, casi todos repitentes de la 24, casi todos del barrio setenta viviendas.

- A vos te hablo, ¿sos piola vos?

Antes de que cualquier cigarro cambiara de manos, voló la primera trompada. El Mudo sintió cómo la tierra de la calle le entraba en el cuerpo, mezclada con transpiración, pelo y patadas. Escupió una piedra que terminó siendo un diente. Desde la calle vio a los demás dando y recibiendo, y a Romi que entraba corriendo a una casa de, probablemente, algún conocido. Se paró con dificultad después de conseguir ponerle una patada al gordo. Hizo un par de pasos y se cayó por última vez.

El Mudo se despertó con la charla de Romi y el Vaca sentados en la camilla de al lado, pero cuando quiso abrir los ojos un dolor frío le invadió la frente. Después de un silencio de olor a hospital escuchó la voz de ella.

- Cómo te dieron, Mudito… te duele todo… ¿no?

Quiso contestarle, pero tampoco pudo. Sintió cómo Romi se sentaba en el lado derecho de la cama. Sintió cómo lo abrazaba. Sintió los besos en la frente. Después se durmió.      










Capítulo X

A Sebas cada vez le subía más la espuma de la birra a la cabeza. Por un lado quería estar a pleno para cuando llegaran a su casa, le molestaba la idea de pasar la última noche con Laura en ese estado. Por otra parte las capacidades motrices de ambos estaban niveladas, y encima de alguna manera rara ya empezaba a extrañarla, así que seguía tomando para ahogar el prólogo de la pena.

Fue al baño a lavarse la cara y se lo encontró al Vaca, que después de estacionar ya estaba otra vez meando. Volvieron charlando sobre el futuro del equipo con el Colo y Luis adelante y el Batata al centro. Sonaban los Ratones Paranoicos y mientras el Vaca imitaba mal a Capusotto, Laura bailaba sola en medio de la pista improvisada en esa casa desconocida. Tenía los ojos cerrados y cantaba sin saber bien la letra, atándose el pelo con el cigarrillo en la boca. La visión era el acceso a las puertas del cielo.

El Batata ya se había recuperado un poco, aunque le dolía el esófago de vomitar: había echado tres o cuatro patos en Plaza Irlanda aprovechando la bajada del Vaca. Estaba medio gris, porque se había limpiado la cara con los diarios-almohada que le habían puesto los chicos en el asiento. Era un balde sin fondo el chabón; todo lo que tomaba, si no lo vomitaba, se lo chivaba los domingos. Hoy no pintaba ser una excepción, porque al rato que llegaron entró Jose por la puerta del patio, con un gigante y dos amigas. El Batata se puso como loco, empezó a bailar como una avutarda patinando sobre el hielo; la vergüenza ajena de los demás era grande, pero el aguante era mayor. Lo único que quedaba por hacer era acercarse y ponerse a imitarlo, para disfrazar la falta de decencia que acompañaba su locura por la golfa.

Jose le pasó por al lado, lo miró de arriba abajo y le preguntó fuerte al oído por qué la perseguía. El Batata quiso alegar algo, pero la flaca lo dejó de garpe hablando solo, como un payaso decolorado. Era perversa; el Batata era insoportable pero todos estaban de acuerdo en que no se merecía semejante humillación. Así lo sintió también Laura, que se le escurrió a Sebas y con su vaso de litro de fernet, haciendo equilibrio llegó hasta la golfa y le volcó los 15 pesos de líquido negro en toda la cabeza. Con los ojos cerrados la mina quiso tirar alguna. Rozó con la derecha la boca de Laura que llegó a moverse. No alcanzó a recuperarse Jose que, como todos esperaban, tenía a Romi haciéndole una toma horripilante y a Laura cagándola a puteadas y tirando zurdas y patadas al aire, pegándole de rebote a Sebas en las rodillas, que la sostenía de la cintura.

- Puta de mierda, te volvés a acercar al Batata y te cago a trompadas, ¿me escuchás mogólica? La re conchade tu ma…
- Dejála, Sebas, soltála. Laura, vos calmáte y el Sebas te suelta, dejémonos de joder, no vamos a terminar la noche así loco.

El gigante se llevaba a Jose mientras las cagonas de las dos amigas puteaban de lejos. El Batata se largó a llorar como un nene, y el Vaca lo abrazó, más por aguante que por ganas, como se hacen la mayoría de las cosas por un amigo como el Batata.






Capítulo XI

Sin entender bien cómo, porque estas cosas siempre se estiran como resina, ahí terminó para toda la noche la movida con la golfa. “Para toda la noche y para siempre” pensaba el Batata, con ganas de patearles la cabeza a sus amigas. De patearles la cabeza y de agradecerles, se le hacía difícil pensar.

El Mudo se había quedado tieso a un costado, en un estado autorreferencial. Ya estaba acostumbrado a este tipo de situaciones con Romi, y sin embargo ahora que se habían besado la veía distinta. Se acercó y torpe le tocó el pelo. Como esperaba, la sensación molesta en la garganta se le fue un poco. Estaba lo más cerca de la felicidad que había estado hasta ese día.

- ¿Qué onda ustedes dos?

El Vaca quería cambiar de tema, y la nueva pareja le venía al pelo. “Ya era hora” pensaba mientras los miraba apretarse sin responder. Se acordó de las fiestas en su patio, de las charlas con el Mudo y su indiferencia con las minas que se comía.
Él también la había extrañado a Romi, a su manera. Ahora, si salía bien esta con el Mudito, capaz la vería todos los domingos con la nariz en la reja, como cuando eran pibes, y ella iba a tomar la leche a su casa, le redactaba las cartas de amor con caramelos pegados para las compañeras y entre frase y frase se comía las cascaritas de las lastimaduras de la bici. “Ahora el Mudo sabe qué gusto tiene la saliva de Romi” pensó el Vaca, “y probablemente no tarde mucho en tocarle las tetas”.

Se prendió un porro y relojeó para los costados, a ver si daba. Tranquilo se acercó a la barra y lo vio a Luisito chamuyando a la del vestido amarillo. Le calculó la edad, se rió para adentro y pidió otra birra. Le pegó un trago y sintió ganas de vomitar, la birra estaba caliente y la ansiedad le subía con la espuma pero no sabía bien por qué.
La mina que manejaba la caja no estaba nada mal, pero no se le pasaba la calentura de la birra, del partido, de la golfa, del Batata, de tener todo el tiempo ganas de mear. Por lo menos el Mudo había concretado, y Sebas la estaba pasando lo mejor posible. Miró a la pista, el Batata ya lo había enganchado al Colo para contarle lo que había pasado entre las minas y descargar un poco. La noche daba para largo. Estuvo a punto de preguntarle a la piba de la caja si era de Trelew, pero se arrepintió. Dos besos más al faso.